lunes, 6 de febrero de 2012

Ojos verdes


El me había invitado a un pic-nic. Hacía años que no salíamos solos, esto era toda una sorpresa. Nos subimos en el coche, yo estaba impaciente por saber dónde me llevaba, pero una sorpresa es una sorpresa, no hubo forma de saber dónde nos dirigíamos.
Subimos una escarpada colina, varias curvas más y entramos en un sinuoso camino de arena jalonado por frondosos pinos. El aroma me envolvía, los pinos proporcionaban un fresco y agradable perfume, pero, mis sentidos no dejaban pasar por alto los efluvios a recién duchado de él.
Su perfil se dibujaba a contra luz de luna, era realmente el rostro más hermoso que hubiera visto, unos maravillosos ojos verdes, unas cejas bien enmarcadas, sus labios carnosos y esa mirada de profundo amor que me hechizaba una y otra vez.
“Ya hemos llegado, baja” su voz era otra de las cosas que más me gustaba, grave y profunda.
“¿Te gusta el sitio?” por fin aparté la mirada de su rostro, el lugar era mágico, las piedras, la arenisca, todo relucía a la luz de la luna que brillaba grande y bella sobre el mar.
Yo contemplaba el paisaje mientras él colocaba una manta sobre la arena. Abrió un gran cesto y dispuso la cena, encendió unas velas y descorchó una botella de champán. “Por ti, por mi mujer, te quiero” sus palabras me desarmaron, siempre me sucedía lo mismo, le bastaba con un beso, una caricia, una sonrisa para que mi corazón se desbordara de amor.
Hablamos, cenamos, reímos, bebimos, una música sonó lenta y dulce, bajita, sólo para nosotros.
Él me miraba dulcemente a los ojos, sus manos se resbalaban en mi espalda. Mis manos acariciaban su cuello. Mi vestido rodaba ya en el suelo, miré hacia dónde había caído.
“Mírame, no dejes de mirarme”. Sus dedos tenían un tacto especial, indescriptible, un tacto que me hacía volar.
Me agarró fuertemente de la nuca y me atrajo hacía él. Me besó, primero suavemente, rozándome los labios con su lengua después me la introdujo hasta inundarme la boca.
Mis pechos estaban prisioneros de sus manos, me apretaba los pezones hasta el límite del dolor. Yo empezaba a sentir como se hinchaba mi sexo. Una mano se movió hacía el bajo vientre, me separó los muslos y empezó a pasear sus dedos entre mi grieta, mientras seguía besándome. Tomó mi clítoris entre sus dedos y lo oprimió firmemente para sentir sus latidos. Pensé que se iba a reventar, me cuerpo temblaba, espasmos de placer subían de mis genitales hasta estallar en mi cabeza.
“Túmbate” Me eché sobre la manta, se arrodilló a mi lado, reanudó sus manoseos sin darme tiempo a respirar, lentamente fue girándose hasta quedar encima de mí. Su pene quedó a merced de mi boca, lo aferré entre mis manos que se movían lentamente arriba y abajo, poco a poco lo empotré en mi boca. Oía como él jadeaba, eso me excitó aún más, sus dedos exploraban mi orificio, estiraban mi piel para dejar paso libre a su lengua que sentía cada vez más y más dentro de mí, avivando el fuego en mis entrañas.
Se incorporó bruscamente tirando de mí hasta ponerme en pie. Me recostó contra la puerta del coche que se encontraba al lado. Haciéndose presa de mi trasero, me alzó en sus brazos. “Agárrate a la baca, voy a follarte”. Obedecí, quedé literalmente suspendida. Sentí sus manos amasarme la cara interna de los muslos, de pronto me apuntalo con su falo duro y erguido. Mi cuerpo se partió en dos. Él atacaba con fuertes empujones que quemaban mi interior. Mi cuerpo chocaba con el suyo en envaradas embestidas que arrancaban gemidos de placer de lo más profundo de mi ser. Mi sexo estaba tan hinchado y latía con tanta presión que estaba a punto de morir, esa dulce muerte amorosa.
“Te voy follar esta que no puedas ni moverte, quiero que sólo pienses en follar, que estés siempre preparada para mí”. Esto fue la última gota, un estallido en mi vagina que se expandió al resto del cuerpo, chillé “te quiero”. Un empujón más agudo y una sacudida le recorrió de pies a cabeza. Estaba tenso, abrazado a mí, jadeando y gimiendo, se corría y yo disfrutaba del momento, oírlo gozar, gemir, jadear...
Nos tumbamos sobre la manta a descansar, la suave música seguía sonando, nos abrazamos y el amanecer nos descubrió sobre la playa. Fue una noche mágica, fantástica, increíble...

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